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Como bisexuales, es común que en algunos contextos específicos podamos terminar envueltos en una especie de miedo cuando se da la oportunidad de asumirnos como tal. Las razones a este miedo son muchas, pueden manifestarse de manera individual o en conjunto. Nos da miedo que alguien a quien queremos pueda rechazarnos o desaprobar nuestra orientación, nos da miedo el juicio, nos da miedo tener que confrontar las ideas y clichés que muchas personas tienen ante la bisexualidad. ¿Por qué? Simplemente, porque en el fondo, esperaríamos que algo que para nosotros es tan sencillo no fuera cuestionado de manera negativa.

Aprender a no tenerle miedo a nuestra bisexualidad es trabajo diario, es algo que no debería provocarnos angustia, o ansiedad, sino orgullo y gusto a la hora de defenderlo.  

Cuando, dentro de la familia, nos toca levantar la voz para explicar, enseñar y desmentir los mitos de la bisexualidad, estamos cambiando la estructura sobre la que funcionan las relaciones entre padres, hijos, tíos, abuelos. Estamos haciéndoles entender que la orientación sexual de alguien, cualquiera que ésta sea, no despedaza en lo absoluto su personalidad, su forma de ser, sus valores y su sentido de humanidad. Les hablamos y enseñamos sobre aceptación, diversidad y maneras distintas de establecer relaciones de amor.

Un bisexual que es aceptado dentro del entorno familiar tendrá la capacidad de dar la cara ante el mundo, sabiendo que siempre habrá un espacio seguro dónde refugiarse cuando aparezcan los problemas. Es complicado reformular lo que piensan nuestros padres, especialmente en los entornos latinoamericanos, porque existe un tema con el que también debemos luchar constantemente: El machismo.

Como bisexuales, hay que enseñarle a nuestra familia que no queremos ser hombres hoy y mujeres pasado mañana, que hay una diferencia enorme entre orientación sexual e identidad de género y que la bisexualidad es un tema alrededor del tipo de personas que nos gusta tener cerca en el ámbito sentimental y/o sexual y no sobre cuál es el género con el que nos sentimos identificados.  A veces, en reuniones familiares donde no sólo está tu familia nuclear sino tu familia extendida, tratamos de que no se toque el tema de las relaciones, evitamos por uno u otro lado tener que responder esa pregunta de fiesta de cumpleaños de la abuela: ¿Y la novia para cuándo mijo? Pero ¿por qué muchos evitamos hablar de bisexualidad en estas situaciones? Porque a veces, el simple hecho de pronunciar algo que suene medianamente homosexual puede encender la mecha de una bomba que estallará inevitablemente.

Huimos de la exposición, nos escondemos de los momentos en los que algo que forma parte de nosotros puede generar discusiones, señalamientos o juicios. Al final, esa huida, ese escape, nos cae sobre la espalda cuando descubrimos que no defender lo que somos es aceptar que estamos mal y peor aún, es culparnos por ser la gota que derrama un vaso a punto de llenarse.

Como bisexuales, no tenemos la culpa de la falta de información en la sociedad, no tenemos la culpa de las peleas de nuestros padres que se reclaman si hicieron algo mal con nuestra educación, tampoco tenemos la culpa de la tía criticona, o del tío machista que cree que valemos menos porque podemos disfrutar plenamente del sexo sin tener problema con el género de la persona.

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Es fundamental aprender a vivir sin culpas por lo que somos. Porque lo que somos no está mal, no va en contra de ninguna ley de la naturaleza y mucho menos de la sociedad. Lo que sí está mal es sacrificar nuestro bienestar, nuestra felicidad a cambio de la tranquilidad de los demás. ¿Por qué deberíamos ceder para que alguien que no nos acepta esté bien?

Es muy fácil caer en el círculo vicioso del control familiar. Ese en el que nuestra familia intenta condicionarnos a cambio de las apariencias, especialmente en el ámbito bisexual. ¿Por qué? Porque en el fondo, esperan que al final termines teniendo una relación con alguien de tu sexo opuesto, te cases, tengas hijos y olvides que algún día mencionaste que tu orientación sexual era diferente a la heterosexual. Hay que aprender a dejar esto claro:

La bisexualidad no se elimina al tener una relación sentimental con alguien del sexo opuesto.

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No somos máquinas programadas para ir por la vida eliminando una parte de lo que somos así, de la nada. La bisexualidad es latente, permanente, puede modificarse con el tiempo a partir de experiencias pero no puede eliminarse como si se tratara de un error con el que hay que lidiar de manera negativa.

Ahora bien, cada quien decide cómo vivir su bisexualidad, no existe un manual de lo que está y no está permitido, de lo que se debe y no se debe hacer. Lo que sí es necesario para quienes nos identificamos como tal es aprender que esta orientación no debe ser empañada por la culpa ni por el miedo. Debemos vivirla sabiendo que parte de nuestra felicidad depende de entender quiénes somos y qué es lo que queremos en la vida, sin importar lo que los demás piensen de nosotros.