“Si no escribiera no podría yo entenderme. Necesito forzosamente escribir, a mí no me basta pensar nada más” Hugo Marroquín.

La historia de Hugo Marroquín después de su ópera prima, Los años de los amantes, se ha trazado en una rebeldía literaria. Recorrimos con él sus pasos para conocer el camino que lo ha llevado a narrar la soledad y el miedo desde la esperanza en su segunda novela, Las horas lentas de la noche, inspirada por el silencio añorante de un apartamento 301 en Bogotá, donde nos acepta una entrevista.

Soy Homosensual (SH.): ¿Qué es escribir para Hugo Marroquín?

Hugo Marroquín (H.M.): Para mí, escribir siempre ha sido un proceso de autodescubrimiento. Más allá de la exploración estética, de la lengua, para mí tiene que ver más con un proceso de interiorización, de conocerme y de entenderme.

Los años de los amantes: prólogo de una rebeldía literaria

A Hugo Marroquín le gusta ir descubriendo lo que puede hacer. Cuando alguien lo aconseja, en términos de escritura, confiesa que le es difícil encontrar puntos de acuerdo y prefiere hacerle caso a su rebeldía –todos lo agradecemos– para escribir lo que tenga dentro, aunque sepa que siempre habría podido escoger otros caminos.

Con más de dos años de distancia de su primera novela admite que fue intrépido y terco al lanzarse, sin saber, lo que era publicar un libro, del respeto al lector, por ejemplo, al pasar de largo las erratas, pero asegura: “Era lo que en ese momento quería hacer: publicar por sobre todas las cosas y dejé de lado muchos procesos propios de la edición. Pero al final no fue algo trágico”.

Sabe que en algún punto de su vida volverá a Los años de los amantes para revisarla, corregir, reescribir lo que haya que reescribir. “Tengo claro que la novela tiene fallas; no me sé las erratas, sé que ahí están; hay una parte argumental que sé que quedó inconclusa, no es grave porque es una historia secundaria, pero no la corregí porque quería publicar en una fecha y cuando llegó ésta decidí que iba a salir así” comenta, y con mofa asegura que esas cosas son todo lo que un joven escritor no debe de hacer.

SH.: ¿Pesa el no haber acatado esas opiniones?

H.M.: Yo creo que si lo hubiera hecho quizá hubiera llegado a mejores obras. Sin embargo mi interés, en ambos momentos, ha sido hacer lo mejor que yo puedo con lo que tengo.

Con su segunda novela aceptó involucrar a más personas en su construcción; una editora y una correctora que, si bien marcaban las posibles carencias del texto, no se desgastaron aportando sus opiniones pues Hugo ya tenía bien claro que no le interesaban.

Las horas lentas de la noche

Diana, independiente y exitosa, no cambiaría su vida de soltera; Max, su apuesto mejor amigo, desea con ansias volver a amar…, aunque sólo sea unas horas. La noche en que deciden quedarse en casa de ella, el solitario vecino del departamento contiguo no para de hablar. Pegados al muro, Diana y Max escuchan lo que detonará un viaje al lugar más oscuro de sus vidas.

SH.: ¿Cómo descubrir a una persona enamorada tan sólo por su mirada?

H.M.: ¿Tú has visto a alguien enamorado de ti? Yo creo que te das cuenta. Diana vio a este hombre del apartamento 301 y lo descubrió enamorado porque sí hay esa forma de caminar: te ves un poco ausente cuando estás enamorado, caminas en otra dimensión, parece que es otro piso el que pisas. En el trabajo, por ejemplo, es muy fácil detectar cuando alguien pasó una buena noche, lo ves más sonriente desde que está en el ascensor, es más alegre ese día.

SH.: Esa característica de Diana, aquella sensibilidad ¿es una descripción propia?

H.M.: No, el personaje de Diana es completamente ficticio. Yo quería que ese personaje tuviera lo que yo no tengo: una hipersensibilidad sensorial.

SH: La relación de sinceridad y confesión con el padre del vecino del apartamento 301 no es muy común en la literatura homosexual.

HM: Mi primer libro es mi historia, un 90% de lo que yo viví. Cuando pensé en este segundo libro no quería recuperar una historia mía, tomar a alguien de mi vida y dejarlo plasmado en unas páginas. Pero, en este punto de mi formación como escritor, sabía que tenía que echar mano de un lugar personal e íntimo desde donde empezar a escribir, no podía crear una ficción al 100% y el camino para mí fue el diálogo con mi padre: pensar qué le diría hoy de mí, de la vida, qué le preguntaría, qué le compartiría o reclamaría, qué le quisiera agradecer.

Mi padre murió hace 13 años más o menos, y yo nunca hablé abiertamente de mi sexualidad con él a pesar de que vengo de una familia muy liberal y todos lo sabían, era muy abierto el tema. Pero con mi padre nunca lo hablé de manera directa.

“Todos tenemos un destino inevitable, una hora que ha de llegar tarde o temprano sin importar cuánto busquemos evitarla. Para mí cada noche es esa posibilidad”
Las horas lentas de la noche

Leer Las horas lentas de la noche es ver a sus personajes caminando por un débil puente colgante zarandeado por el miedo y la soledad, sensaciones constantes a lo largo del relato que se entienden casi como pequeños exorcismos de un periodo donde Hugo recién había migrado a Colombia, un círculo social inexistente y un espacioso apartamento 301 en donde los primeros fines de semana, por ejemplo, una vez que salía del trabajo quizá no era hasta el lunes que volvía a abrir la boca, no había palabras en su fin de semana.

Comenta Hugo Marroquín: “Llega un punto en el que finalmente la soledad empieza a pesar, en que añoras un lugar, las compañías, momentos de ternura que en México me era más fácil tener. Para poder pasar ese periodo me era necesario escribir, escribir para sobrevivir”. Fue justo en esas noches en que más hojas llenaba.

SH.: ¿De dónde surgió este argumento de Las horas lentas de la noche y sus personajes con personalidades tan marcadas?

H.M.: La parte del diálogo con el padre y el “tenemos que hablar” de la persona a la que se refiere el hombre del apartamento 301 cuando inicia el libro son momentos de mi vida, yo quería entrar a ese lugar, a esa relación en particular, sim embargo no quería retratarla y darle al otro un lugar protagónico en la historia como lo hice en la primera novela. Aquí entré a tomar decisiones: ¿cómo hablar de una historia sin que sea protagónica?, entonces fui a mi voz.

Ya después fui a crear otras vidas y es allí donde entra Diana, pero ella no puede ir sola, necesita un polo a tierra que la lleve, que la guíe, que le dé piso, y entonces nace Max, porque además yo no me explico la vida sin amigos; me la puedo explicar sin pareja, pero no sin amigos. Para mí son mi familia de elección y son tanto o más importantes como mi familia de sangre.

SH.: ¿En la primera novela hubo presencia de una gran amistad?

H.M.: En la primera el personaje que atraviesa la tusa en diferentes momentos acude a Rodrigo, un amigo que vive en París y está presente a través de mensajes de texto. En mi vida Rodrigo efectivamente existe, sin embargo él en mi historia no fungió ese rol, sino que había tres amigos que me decían cosas distintas; cuando yo empecé a escribirla descubrí que no podía ser solamente el personaje contando su drama sino que necesitaba una voz, alguien que le dijera “eres un imbécil”, “eres un idiota”, “tienes que parar”; todas las voces de mis amigos que estuvieron en la vida real las resumí en una sola.

SH.: ¿Los amigos no son a los que les cuentas todo sino los que comprenden todo a pesar de?

H.M.: Yo creo que sí, la amistad tiene que ver mucho más con la compresión. Ante todo hay un respeto al silencio y a lo que la gente no quiere decir en su momento. Esa es quizá una gran diferencia con lo que pasa con muchas parejas: algunas esperan que les digas todo, que cuentes todo, que digas la verdad, que no haya mentiras y seas transparente y en ese sentido yo creo que perdemos un poco como individuos, como personas. Los amigos no te hacen esa exigencia: un amigo está aunque no le cuentes todo. Un amigo incluso, yo soy de ese tipo, acepta ciertas mentiras, porque entiendo que le hace bien al otro, que las necesita.

“Fue una historia de amor que apenas duró unos días, y fue tan perfecta, que cuando terminó no hubo dolor. Sólo una alegre nostalgia de haberla vivido”
Las horas lentas de la noche

No le gusta escuchar que una persona se ha leído sus novelas en poco más de tres horas, “Se siente feo, si piensas que me tardé año y medio para escribir 110 páginas; es un sentimiento encontrado porque a veces digo “déjala más tiempo””.

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Yo ante el futuro

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Después de sus dos novelas tiene claro que es muy dramático. “Estoy muy afectado por toda la cultura melodramática: las telenovelas arruinaron mi vida; la música ranchera jodió mi vida en muchos sentidos; la balada romántica me hizo una idea de romanticismo a base de duelo.

SM.: ¿Cuál es el mayor aprendizaje que queda después de las dos novelas?

H.M.: La verdad es que son procesos de mucha interiorización. Con el proceso de escritura de Los años de los amantes aprendí que yo era capaz de tomar la decisión de salir adelante. Cuando termina la relación lo primero que yo pensé es ‘Quiero salir adelante, no quiero quedarme aquí’, y el haber escrito ese libro fue mi manera de salir, de pasar ese duelo, de no quedarme estacionado.

Con Las horas lentas de la noche, revisité muchos lugares de mi pasado a través de la historia de Diana, la historia de Max, la historia del vecino, y el sentido de la novela es quizá que me quedo con esa imagen final de Diana: saber que siempre puedes elegir otro lugar donde estar, otro lugar dónde comenzar. Siempre hay algo de esperanza, ese el puente en común de ambas novelas, un llamado de esperanza, a pesar de todo, y con todo.

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