Mis bellos, bellas, belles y bellix homosensuales, hoy les traigo una opción perfecta (y créanlo o no, LGBT friendly) para el fin de semana: Valle de Bravo, en el Estado de México.

La cosa estuvo así: hace un ratito fue cumpleaños de un muy querido amigo, y organizó una comitiva con unos veinte amigos y familiares para irnos de excursión un domingo todo el día en Valle de Bravo, y aunque nos tuvimos que levantar muy temprano el día del señor, valió la pena. Para esto, debo aclarar que casi todos en este grupo éramos personas LGBT, incluyendo parejas de novi@s y hasta de espos@s.

Hicimos de todo:

La primera parada fue en la cascada Velo de Novia, una atracción natural donde la protagonista es una bella caída de agua. Cuenta la leyenda que una mujer se echó a ella tras encontrar al hombre con el que se iba a casar, la mañana de su boda, en la cama con otra mujer. Y claro, la pobre dejó su velo desprendido y colgando en la parte más alta. Bajar no es cosa del otro mundo, pero definitivamente no lleven tacones carítsimos de diseñador adquiridos en una boutique parisina, mejor algo cómodo y que no les duela que se ensucie o y que aguante.

Cascada Velo de Novia

Después volvimos arriba y fuimos a desayunar junto a un establo, donde vimos que se rentaban caballos muy bonitos para recorridos, y obvio teníamos ganas de montarnos en un semental, y también del recorrido a caballo 😉 pero teníamos que seguir con el itinerario. El desayuno fue de pueblo y riquísimo: trucha, chilaquiles, cecina y café de olla. Todos quedamos muy comprometidos a duplicar el tiempo en la elíptica al día siguiente.
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Luego fuimos al centro del pueblo mágico a caminar un poco. Las calles son preciosas, con casas viejas con flores de todos colores, iglesias monumentales, tiendas de artesanías, y evidentemente una plaza central pintoresca con kiosco y todo. Y a pesar de que estábamos satisfechos por el desayuno, algunos se echaron un taco en el callejón del taco, un esquite con camarón en el callejón del esquite, y otros nos pedimos un litro “shela rainbow“, había de todos sabores (la mía fue de manzana verde), todos con escarchado de Miguelito, y casi de edición más limitada que el Unicorn Frappuccino haha.

Con vistas… ufff

Acto seguido fuimos a un barco de dos niveles, donde los turistas recorrimos el lago en una hora. Nosotros juntamos un par de mesas, y el personal incluso detuvo la música para llevarle un pastel con una vela a mi amigo para cantarle las mañanitas. Sobra aclarar que las vistas no tienen igual. Al desembarcar pasamos el resto de la tarde en un restaurante donde la especialidad son las pizzas hechas en horno de leña, con vista al lago, y donde nos permitieron reproducir nuestra música (pura diva del pop).
Al atardecer subimos al autobús para regresar a la capital. Uno pensaría que estábamos muertos, pero de hecho aprovechamos el regreso para bailar reggaetón (a pesar de las curvas de la carretera) y hacer lipsyncs de Wicked, Mentiras y otros de nuestros musicales favoritos.

Y aunque no fuimos de plumas, lentejuela y diamantina, claro que las parejas iban de la mano, y no se necesita ser Sherlock Holmes para darse cuenta que algunos de nosotros éramos gay. Sin embargo, en ningún momento nos sentimos discriminados, ni nos miraron raro, ni mucho menos. Entonces, a pesar de no tratarse de una gran ciudad cosmopolita, y de ni tener un solo bar gay (que yo sepa), claro que es friendly y lo recomiendo a otros como yo. ¡BRAVO!